Hace unos días estuve en un McDonalds de Marble Arch. Para quien no lo conozca, Marble Arch es un arco en una plaza del mismo nombre que linda con el Hyde Park de Londres, y McDonalds es un payaso que representa a una cadena de comida rápida. Mi excusa de porqué acabé allí es sencilla: buscaba cualquier lugar que reuniera tres requisitos: conexión WiFi gratuita, que tuviese comida o algo que se le pareciese, y que cerrara más tarde de las 11 de la noche. Encontrar esto en Londres es altamente complicado, así que me comí mi orgullo, y algunas mierdas más, y acabé en un jodido McDonalds. Me pedí algo que al menos me llenara el estómago, y que llevaba por nombre Big Mac, unas cuantas patatas, que no pasaban de treinta, insertas en un pringoso cubilete de cartón, y una botella de agua, porque es lo único que venden sin gas.
Pues bien, allí con mi “cena”, bajé a un sótano que tenían plagado de mesas vacías, saqué mi ordenador, acepté nosecuántas mierdas de contraseñas y navegué hasta las 10, que era cuando cerraban esa zona. “Pero el tipo que hay arriba me ha dicho que esto cierra a las 12 y pico“, le argumenté sorprendido en mi inglés de Torrero. “Sí, eso es arriba“, me contestó mientras, prácticamente, plegaba la mesa en la que yo estaba apoyado, sin darme tiempo el hijoputa a recoger mis cosas. Así que subí arriba, donde el ambiente era bastante distinto: las mesas estaban llenas de gente devorando algo que en algún momento de la tarde fue una hamburguesa (o quizá en ningún momento de la tarde) y que se les escurría de las manos y hasta la mesa, o hasta el suelo si practicaban la actividad de pie. Gritos, empujones, y niños llorando reinaban el lugar. Algo muy parecido a lo descrito por Dante. Y como me tragué mi orgullo y no mi sentido común ni mi paciencia ni mis escrúpulos, salí de aquél antro y me fui a mi casa, porque estaba todo muy de noche como para andar por ahí con un portátil en la mochila.
Bien, ésta fue mi odisea en un McDonalds. Que supongo que, como Morgan Spurlock, todo el mundo que ame el deporte de riesgo habrá experimentado alguna vez. ¿Y por qué lo cuento si es algo habitual que se repite constantemente en todas las partes del mundo? Incluso en Somalia como decían los de Ska-P. Pues porque, por cosas de la vida, tres días antes comí una hamburguesa (cuya foto publicitaria era idéntica a la del McDonalds) en un restaurante indio, o árabe, o veteasabertuqué, de pizzas y hamburguesas (típica comida de por ahí), frente al Generator Hostel, y junto a Russell Square. Quien haya estado en Londres sabrá de qué hablo.
Aquí la hamburguesa era de verdad. ¿Cómo lo supe si no tengo ni puta idea de cocina? Porque su sabor me recordaba a esas hamburguesas que de vez en cuando aparecen por arte de magia en casa de mi abuela hechas con albóndigas, o mondongas, escachadas, y no a algo cercano a sobras de cecina, o ceniza, como la que me comí en el McDonalds, bien provista de aceite del bueno, con el que se hacen los churros en las ferias. Asimismo, todos esos vegetales que suelen tener este tipo de hamburguesas era radicalmente distinto, tanto en cantidad como en calidad. De la calidad no hace falta decir nada (por mucho que el anuncio de McDonalds en televisión nos lo intente vender así), pero de la cantidad, que al ser un baremo más fácil de computar se percibe antes, habría mucho que decir: sirva de ejemplo el hecho de que en la hamburguesa del McDonalds había que levantar el pan para poder ver algo, mientras que en la del restaurante este dedondefuera, el pan no era más que parte del tejado de una mansión hecha de carne y vegetales. Y vayamos ahora a hablar de las patatas (de cuya calidad no hablaré porque puedo poner la mano en el fuego a que era la misma: ni fú ni fá, para engañar al estómago todo vale), mejor dicho, de cuántas patatas acompañaban a mi hamburguesa: mientras que en el McDonalds ya las he enumerado anteriormente, y creo haber dicho que no eran más de treinta (y no lo eran), en este otro restaurante de televisión bollywoodiense obsequian a sus clientes con un gran saco de patatas que incluso te cansas de devorar (aunque tras descansar sigues devorando). Y también querría recalcar el hecho de que en éste, aparte del ketchup, mostaza y mahonesa típico de este tipo de establecimientos, podías encontrar tomate “natural” (ketchup no era, desde luego) con el que mojar las patatuelas, algo que el McDonalds no ha visto ni en sus mejores pesadillas.

Y una vez más os preguntaréis: ¿pero para qué coño nos cuenta este tipo toda esta mierda si ya sabemos que hay hamburgueserías mejores que el McDonalds, si sólo vamos a lo del payaso por los muñequitos de Transformers 2 que dan con el Happy Meal? Pues bien, sólo para llegar a esta tercera parte de mi discurso.
Al día siguiente del McDonalds me fui a pasear por Southbank (de donde tengo ya una selección de fotografías preparadas), que es el paseo junto al Támesis en cuya otra orilla se eleva la Torre del Reloj del Parlamento, conocida con el sobrenombre metonímico de Big Ben. Pues bien, en Southbank vi una oferta en un restaurante llamado Giraffe donde daban a buen precio una ensalada César (algo que para los asiduos del Vips no les sonará raro) en miniatura y una hamburguesa 100% inglesa en maxitura. Aunque esto de miniatura y maxitura no lo supe hasta que lo tuve delante de mis narices, me atrajo la atención aquello de una hamburguesa 100% inglesa. ¿Qué coño es una hamburguesa 100% inglesa? Y me aventuré a probarlo. Pues bien, la acumulación de factores positivos que acompañaron a mi cena son dignos de ser enumerados:
1º.- Estaba en Londres. Es más en, Southbank, y comiendo. Esto ya de por sí es bueno.
2º.- La camarera, que además de ser bastante simpática (y estar buena) tenía un acento inglés muy agradable, estaba constantemente encima de mí (no literalmente) preguntándome si todo andaba all right. Y que te atiendan como a un rey, siendo que durante 8 horas al día, 5 días a la semana, tienes que tratar tú como a reyes a un montón de ricachones sin alma, está realmente bien.
3º.- Acababa de comprar en una tienda cercana una edición especial de El Gran Lebowski en multilenguaje, por 7 libras y sin esa estúpida caja metálica con la que han adornado a la edición en España. Y la tenía en mi mochila, la podía sentir. De hecho la sacaba de vez en cuando para ver que estaba ahí, y que no lo había soñado.
4º.- Leía, mientras comía, a Charles Dickens, a Oliver Twist para ser más exactos. Una novela con Londres como telón de fondo escrita por un genio sobre un tipejo admirable, y que tiene la facultad de hacerte reir con las desdichas más duras de la sociedad de entonces. Una delicia.
5º.- Unos tipos hacían, delante de mí, Parkour. Que es como se le llama ahora a “hacer el mono”. El caso es que es una actividad bastante entretenida de ver si se hace bien, y la estaban haciendo casi para mí, en directo, sin red, sin arnés, y con movimientos bastante coreográficos, y además bien. Unos Yamakasi dándome un concierto acrobático durante mi cena tampoco está nada mal.
6º.- Tenía el Támesis a mi lado. Los que os gusta la brisa marina me entenderéis cuando digo que el agua transmite tranquilidad. Sin embargo, el mar suele también contener otras millones de cosas que lo convierten en una mierda. Pero el Támesis carece de ellas. Y quien diga que el Ebro es como el Támesis, pero marrón, es que no ha visto el Támesis.
7º.- Y por último la hamburguesa estaba de puta madre, que es con lo que he empezado todo esto. No hay que decir que el pan estaba sabroso, la carne espléndida y todas las cosas que venían de regalo las había colocado ahí una mano más bien generosa. Por no decir un montón de cosas que también me dijeron que me podrían añadir, y a las que tuve que decir que no porque hinchaba un poco más el precio y aún me tenía que ir de cervezas a Covent Garden. El caso es que ya sé lo que significa una hamburguesa 100% inglesa: es una hamburguesa acompañada por estos siete puntos.
Antes de terminar decir que la hamburguesa de Bollywood me costó 3 libras y media, la del McDonalds 4 y la de Giraffe 8 junto a la ensalada César. Pues bien, ¿qué es lo que quiero decir con esto? Una moraleja bastante clara y con la quiero concienciar a la sociedad de algo más bien básico: las camareras que están buenas son un punto a favor para que una cena sea agradable.
Muchas gracias y hasta la semana que viene. O hasta dentro de un rato que me apetezca actualizar.