En mayo del año pasado, pisé una ciudad rumana llamada Cluj. Entre otras cosas me alojé en una residencia nueva y bien cuidada y conocí mucha gente muy agradable. Entre ellos se encontraba Ioana Badea. Y hace unos días fue mi visita navideña. Entre otros recuerdos, quedarán éstos:



Sin embargo, lo que más tiempo perdurará en la memoria de tan navideña visita será el regalo que la honorable madre de la susodicha invitada nos entregó desinteresadamente. 35 kilos de naranjas a la ida y otros 35 de mandarinas a la vuelta. A continuación, mediante pop-art, una aproximación a nuestra reacción asumida por fascículos.

Eso sí, las naranjas, de Valencia, buenísimas.
Tras cargarlas caminando, en autobús y en un último milagroso coche, fueron saboreadas con deleite y admiración.
Y eso que sigo en proceso de terminarlas.





