Hoy he ido, habiéndolo planificado previamente, al estreno de District 9, la película del ex desconocido Neill Blomkamp, apadrinada por Peter Jackson, en Leicester Square, Londres. Y con esta película querría resucitar mi primogénito blog, Nueve-Artes, el cual está enlazado en su propio nombre, y que lleva en coma desde un lejano 4 de mayo.

Prueba de que el cine en Londres es caro.
Esta entrada ha acabado en mis manos a eso de las 18.30, precedida de dieciocho horas, más o menos, y seguida de otras seis o siete. Para los que quieran conocer solamente el intervalo entre las 19.30 y las 22.00 (tiempo de la película), pueden darse el gustazo en la reseña District 9 de Nueve-Artes. Para los que quieran completar la misma con un poquito de egocentrismo bloguero, pueden seguir leyendo estas líneas.
No suelo hablar de mi vida personal (la cual, contra pronóstico, tengo) pero este Día-D (por lo de D-9: que no sé por qué no han utilizado esta tontería para su promoción) merece una plasmación en letra en forma de relato breve sobre un día rutinario, cuyo paréntesis más relevante viene firmado por Neill Blomkamp (la repetición constante de su nombre hará que, definitivamente, deje de ser anónimo). Y que comenzaré con: me levantaba a las 07.00 a.m. después de cinco horas de sueño en mi apartamento de Park Road, dispuesto para comenzar un día de trabajo en el hotel.
Al trabajar por la mañana, la rutina suele llevar este horario: limpiar, preparas las mesas, llevar algunos desayunos a las habitaciones, preparar unos cuantos cafés y capuccinos (con alguno para mí de regalo), fregar los platos, dejar cestas de frutas a la gente que por apellido lleva VIP, atender a la gente que llega a comer, y un etcétera de quehaceres menos importantes. Llegadas las cuatro de la tarde, mi trabajo termina y dejo el turno a mi relevo. Momento que aprovecho para pagar religiosamente mi alquiler a la persona que, desinteresadamente, recoge la cifra que yo aporto, e ir a mi casa a chequear el mail (he aquí dos anglicismos que difícilmente podré quitar de mi vocabulario).
Una vez realizada la sucesión de visitas web que han de hacerse cada día, abandono mi humilde hogar para coger el autobús 13 en dirección a Leicester Square. Allí me esperan cinco salas de cine que rodean a la susodicha plaza, entre las cuales una alberga District 9 de Neill Blomkamp (el nombre ya empieza a ser más familiar). Es bastante fácil de reconocer por la cantidad de carteles que decoran su fachada así como de los colocados a ambos lados de las taquilla. He aquí una fotografía de los posicionados en su interior…

…que tanto ha impregnado las calles de algunas ciudades: en cabinas telefónicas, marquesinas, autobuses, y cines, entre otros. Y que tantos quebraderos de cabeza les ha dado a los yanquis cuando creyeron que iban a invadirles los extraterrestres. Robbie Williams gritándole a todo el mundo: “¡Lo veis! ¡Lo sabía!” para nada. En fin, una decepción más para el pueblo yanqui.
Luego me he metido a ver D-9 (si queréis saber más).
Y luego ya me he salido y me ido a un bar árabe que está pared con pared con mi casa (con la que he empezado este extraño relato breve). Allí me he tomado un par de tés (“té” bebida, no “te” letra, que sería más raro) mientras leía Oliver Twist y luego me he venido a contar todas mis tonterías.
Recordádme que os hable de Chicago: El Musical que tampoco estuvo nada mal.